Esta es mi historia: de estar perdido a encontrar mi pasión
Hola, soy Agustín Cintas, y esta es una parte de mi historia.
La cuento porque quizá hay alguien al otro lado que está en una situación parecida a la que yo estaba hace unos años: con ganas de cambiar, pero con miedo; con la sensación de que quiere algo más, pero sin saber muy bien por dónde empezar.
Y si algo he aprendido en este camino es que muchas veces, detrás del miedo y la incertidumbre, están algunas de las mejores decisiones de tu vida.
Antes de la programación
Todo empezó un poco antes de 2020, poco antes del COVID-19. Yo tenía unos 24 años y, siendo sincero, nunca había sido el típico estudiante aplicado.
Durante años tuve bastante metido en la cabeza eso de “yo no sirvo para estudiar”. Aprobaba con el mínimo esfuerzo, no pensaba demasiado en el futuro y tampoco tenía claro qué quería hacer con mi vida.
¿El resultado? Acabé trabajando en empleos donde no se pedía mucha formación más allá de la ESO: almacenes, fábricas y trabajos esporádicos de lo que fuera saliendo.
Y ojo, no digo esto para menospreciar a nadie que trabaje en esos sectores. Al contrario. Son trabajos duros, necesarios y muchas veces poco valorados. Pero yo, por dentro, sentía que no quería verme toda la vida haciendo algo que no me llenaba.
Iba dando tumbos de empresa en empresa, buscando la empresa perfecta, el puesto perfecto, los compañeros perfectos, el sueldo perfecto… Pensaba que quizá mi futuro estaba ahí, solo que todavía no había encontrado “mi sitio”.
Pero claro, ese sitio nunca llegaba.
En muchos de esos trabajos, si tienes algo de sentido común y ganas, al cabo de un mes ya estás funcionando casi en piloto automático. Y eso era justo lo que me pasaba. Aprendía el trabajo, lo hacía, aguantaba por el dinero y, con el tiempo, volvía a sentirme igual de vacío.
Entonces cambiaba de empresa pensando que el problema era el sitio.
Pero el problema no siempre era la empresa. Muchas veces era que yo sabía, aunque no quisiera aceptarlo, que necesitaba hacer algo diferente.
Con el tiempo también entendí que venir de trabajos más duros no era algo que tuviera que esconder. Al contrario, me enseñó muchas cosas que después me sirvieron estudiando y trabajando como programador: disciplina, aguante, responsabilidad, temperamento y aprender a gestionar mejor mis emociones cuando las cosas no salen como quieres.
Porque al final, programar también tiene mucho de eso. Hay días en los que algo no funciona, te frustras, no entiendes el error y tienes que respirar, insistir y buscar otra forma de resolverlo.
La empresa que parecía perfecta
Después de unos años así, en septiembre de 2019 encontré una fábrica en la que, por primera vez, pensé: “Aquí sí”.
Estaba cerca de casa, tenía buenos compañeros y el ambiente era bueno. Durante los primeros meses me sentí cómodo. Parecía que, por fin, había encontrado una estabilidad.
Pero incluso estando bien, había algo dentro de mí que no terminaba de encajar.
Tenía esa sensación de querer hacer algo más. De que podía aspirar a otra cosa. De que no quería limitarme a pensar que iba a ser “un currante” toda la vida solo porque durante años me había repetido que estudiar no era para mí.
Mientras tanto, mi vida era bastante simple: trabajar, ir al gimnasio, salir de fiesta, quedar con amigos y repetir. No estaba mal, pero tampoco sentía que estuviera construyendo nada a largo plazo.
Y entonces llegó el COVID.
La crisis que me hizo pensar
Con el COVID, la vida cambió de golpe. En mi caso, pasé a estar prácticamente encerrado, saliendo casi solo para trabajar. Y al tener menos distracciones, empecé a hacerme preguntas que llevaba tiempo evitando.
“¿Qué estoy haciendo con mi vida?”
“¿Me veo así dentro de diez años?”
“¿De verdad esto es todo?”
“¿Y si intento estudiar algo?”
Aunque en mi trabajo estaba bien, no me llenaba. Y lo peor era que tampoco quería conformarme con esa sensación para siempre.
El problema era que quería estudiar, pero a la vez no me veía capaz.
Para acceder a un grado superior tenía que hacer una prueba de acceso. Eso para mí ya era una montaña. Sentía que era “perder un año”, tenía miedo de suspender, y encima no tenía ningún hábito de estudio.
Además, tampoco encontraba ningún ciclo que me llamara lo suficiente.
Bueno, sí. Había uno que me llamaba: informática.
La informática siempre estuvo ahí
Aunque intentaba descartarla, la informática siempre me había llamado la atención de alguna manera.
Desde pequeño, cuando el ordenador de casa daba problemas, no encendía o salía algún error raro, en vez de decirle directamente a mi padre que lo llevara a reparar, intentaba buscarme la vida.
Miraba vídeos en YouTube, leía foros, probaba soluciones y, muchas veces, acababa arreglándolo yo mismo.
En ese momento no lo veía como “informática” ni como una posible profesión. Simplemente me gustaba entender qué fallaba y encontrar la forma de solucionarlo.
Pero cuando me planteaba estudiar algo relacionado con informática, aparecían los típicos pensamientos:
“Informática es muy difícil.”
“Hay que saber mucho inglés.”
“Hay que ser bueno en mates.”
“Eso es para gente que ya sabe.”
“Yo, que me saqué la ESO como pude, ¿cómo voy a meterme ahí?”
Todos esos prejuicios hicieron que durante un tiempo descartara informática, aunque en el fondo era lo que más curiosidad me despertaba.
El empujón que necesitaba
Después de días, semanas y meses dándole vueltas, mi hermano fue una de las personas que más me animó a estudiar.
Me hizo ver algo que ahora parece obvio, pero que en ese momento yo no veía: con 24 años no era tarde. Tarde era quedarme quieto solo por miedo.
Aun así, la idea me abrumaba mucho. Tenía que trabajar de lunes a viernes, preparar la prueba de acceso, estudiar después de años sin hacerlo y asumir la incertidumbre de no saber si iba a poder con todo.
Además, en mi cabeza siempre aparecía la peor opción: “¿Y si suspendo?”, “¿Y si repito?”, “¿Y si no soy capaz?”
Pero al final di el paso.
Me apunté a una escuela para preparar la prueba de acceso a grado superior. En ese momento, mi idea inicial era hacer Integración Social. Me parecía algo más “asequible” y, como siempre me ha gustado escuchar y ayudar a la gente, pensé que podía ser una buena salida.
Pero durante ese año pasó algo que no esperaba.
Descubrir que sí podía estudiar
Uno de mis mayores miedos eran las matemáticas. Yo siempre había dicho eso de “soy más de letras”, que muchas veces es solo una forma elegante de decir “me dan miedo las mates”.
Pero tuve la suerte de encontrarme con una profesora de matemáticas con una vocación brutal. De esas personas que no solo saben, sino que también saben enseñar.
Y poco a poco, algo cambió.
Empecé a entender cosas que antes me parecían imposibles. Le cogí el gusto a estudiar. Me empezó a motivar sacar buenas notas. Y, para mi sorpresa, matemáticas acabó siendo una de las asignaturas donde mejor me fue.
No bajé del 8 en todo el año.
Para alguien que antes iba rascando cincos como podía, aquello fue un cambio enorme. No solo por la nota, sino por lo que significaba: igual el problema no era que yo no sirviera para estudiar. Igual simplemente nunca me había puesto en serio, o nunca había tenido claro para qué lo hacía.
A medida que avanzaba el curso, empecé a cambiar la forma en la que me veía a mí mismo. Ya no pensaba tanto “no puedo”, sino “a lo mejor sí puedo si me lo tomo en serio”.
Y ahí volvió a aparecer la informática.
La profesora de matemáticas también me animó a confiar en mí y a tirar por lo que realmente me llamaba. Me hizo ver que muchas veces no es cuestión de ser un genio, sino de tener ganas, constancia y perderle el miedo a intentarlo.
Así que me lancé a la piscina.
Aprobé la prueba de acceso y conseguí entrar al ciclo superior de Desarrollo de Aplicaciones Multiplataforma, DAM.
Mis primeros pasos en programación
Las primeras clases fueron un espectáculo.
No sabía ni hacer un “Hola Mundo” como quien dice. Cada tema nuevo me parecía una amenaza. Cada vez que el profesor explicaba algo nuevo, yo pensaba: “Madre mía, esto no lo voy a entender en la vida”.
Además, me exigía demasiado. No me permitía no entender algo a la primera. Y visto ahora, era una tontería enorme, porque nadie nace sabiendo.
Pero cuando vienes con la creencia de que “no sirves para estudiar”, cualquier dificultad parece una confirmación de ese miedo.
Mi rutina tampoco ayudaba demasiado.
Trabajaba de 7:00 a 15:00, comía rápido y entraba a clase por la tarde, prácticamente de 16:00 a 21:00. Después iba al gimnasio, llegaba a casa tarde, dormía poco y vuelta a empezar.
Durante los primeros meses iba aprobando, pero no como yo quería. Sacaba seises y sietes, y sentía que entre semana no tenía tiempo real para repasar ni asimilar lo que estaba aprendiendo. Con solo el fin de semana no me daba para llegar al nivel que yo quería.
Después de unos seis meses, tomé una decisión importante: dejé el trabajo.
Tenía algo de paro acumulado y decidí usarlo para poder dedicarme de verdad al ciclo. Fue una decisión que me daba respeto, porque significaba soltar una seguridad económica, pero también sabía que el trabajo me estaba frenando.
Y el cambio se notó muchísimo.
Cuando estudiar dejó de ser una obligación
Al poder dedicar más tiempo al ciclo, el cambio se notó enseguida. Pasé de sacar seises y sietes a sacar ochos como mínimo en casi todo, salvo alguna asignatura que siempre se te atraviesa un poco.
Pero lo más importante no fueron las notas.
Lo más importante fue que empecé a disfrutar de verdad aprendiendo.
Sacrifiqué bastante vida social. Muchos sábados y domingos los pasaba estudiando, practicando o viendo vídeos de programación. Pero no lo vivía como un castigo. Al contrario, para mí era una mezcla de motivación, dopamina y felicidad.
Pasé de poner Netflix sin pensar a ver vídeos para aprender. Pasé de estudiar por obligación a estudiar porque quería entender más.
Poco a poco, la programación empezó a engancharme de una forma que no esperaba. Veía vídeos en YouTube y cada vez me costaba menos entender lo que explicaban. En clase, los ejercicios que al principio me parecían imposibles empezaban a salirme con más facilidad.
Y lo más curioso es que ya no me quedaba solo con lo que nos enseñaban. Empezaba a imaginar líneas de código en mi cabeza, a pensar cómo podría crear pequeños programas y a investigar por mi cuenta cosas que iban más allá del temario.
Ahí me di cuenta de que algo había cambiado: ya no estaba estudiando solo para aprobar. Estaba aprendiendo porque de verdad quería saber más.
Darme cuenta de que esto era para mí
Cuando empezó segundo de DAM, yo ya tenía más confianza. El primer año me había demostrado que podía, pero tampoco quería confiarme demasiado, porque todo el mundo decía que “ahora venía lo difícil”.
Al no estar trabajando y poder dedicarme completamente al ciclo, mis notas y mis ganas de aprender siguieron creciendo.
Recuerdo fines de semana en casa programando y sintiendo que, de alguna manera, me lo estaba pasando bien. Para otra persona quizá eso sonaría raro, pero para mí era parecido a echar unas partidas al League of Legends: me entretenía, me picaba, quería mejorar, quería resolverlo.
Obviamente no todo era bonito. Había frustración, errores absurdos, bloqueos y días de pensar “no entiendo nada”. Pero incluso con esos momentos malos, había algo que me mantenía enganchado.
La programación tenía algo especial: te obligaba a pensar, a resolver problemas, a probar, a fallar, a buscar otra manera.
Y cuando algo por fin funcionaba, la sensación era brutal.
Ahí entendí que la programación se estaba convirtiendo en una pasión, pero no porque todo fuera fácil o perfecto. Se convirtió en una pasión porque, incluso cuando me frustraba, seguía teniendo ganas de entender más.
Las prácticas y el mundo real
Después llegaron las prácticas, y ahí me di cuenta de otra cosa importante: programar en clase no es lo mismo que programar en una empresa.
En clase todo suele estar más preparado, más ordenado y más pensado para aprender. En el mundo real hay código antiguo, prisas, cosas que no entiendes, decisiones que vienen de antes y problemas que no siempre tienen una solución limpia.
Las prácticas me sirvieron para ver que la programación no era todo color de rosa. Aun así, las terminé correctamente. No acabé quedándome en esa empresa porque no sentí que fuera mi sitio, pero la experiencia me ayudó a entender mejor cómo era trabajar de verdad en esto.
También, al final del ciclo, hice junto a mi compañero Adrián una aplicación móvil que jamás habría imaginado poder construir cuando empecé.
Era una aplicación de citas bastante completa para el nivel que teníamos en ese momento. Y lo digo claro: sin él no habría sido posible. Éramos dos estudiantes con muchas ganas de aprender, peleándonos con errores, buscando soluciones y sacando adelante algo que al principio parecía demasiado grande para nosotros.
Ese proyecto me hizo mirar atrás y pensar:
“Hace dos años no sabía ni por dónde empezar, y ahora estoy construyendo esto.”
Mi primer trabajo como programador
Acabé DAM con una nota media que jamás me habría imaginado cuando, en 2019, tenía miedo de meterme en informática.
Mi primer trabajo como programador llegó gracias a un profesor. Una empresa contactó con él buscando a alguien, y pensó en mí para el puesto.
Creo que también influyó que él sabía el tipo de sitio que yo buscaba. Yo siempre le decía que quería encontrar una empresa donde pudiera sentirme cómodo, aprender y ser valorado. No quería volver a sentirme simplemente un número más, porque esa sensación ya la había vivido demasiadas veces en otros trabajos.
Por suerte, esa oportunidad llegó en el momento justo.
Ese primer trabajo fue otro salto importante. Pasé de estudiar programación a enfrentarme a proyectos reales, clientes, código de empresa, mantenimiento, errores, cambios, presión y aprendizaje constante.
Pero también pasó algo que para mí fue muy importante: dejé de sentir que simplemente “iba a trabajar”.
No quiero vender humo. Trabajar sigue siendo trabajar. Hay días buenos, días malos, tareas que apetecen más y tareas que apetecen menos. Pero la diferencia era enorme.
Por primera vez, sentía que estaba trabajando en algo que tenía recorrido. Algo que me hacía mejorar. Algo que no se quedaba en repetir lo mismo en piloto automático.
Hacer también DAW
Después de encontrar trabajo, pude seguir estudiando con más tranquilidad, porque ya no tenía tanta presión económica.
Así que decidí hacer también el ciclo superior de Desarrollo de Aplicaciones Web, DAW.
No voy a mentir: al ser ya mi cuarto año estudiando de manera bastante intensa, se me hizo más cuesta arriba. Estaba cansado y ya no tenía la misma energía del principio. Pero aun así, me fue prácticamente igual de bien que en DAM.
Haber hecho los dos ciclos me dio una visión más completa. Y también me hizo entender mejor algo que me gustaría transmitir a quien esté pensando en estudiar DAM o DAW: muchas veces el miedo que tienes antes de empezar es mucho más grande que la realidad.
No necesitas saberlo todo antes. No necesitas venir de un perfil perfecto. No necesitas ser el típico informático de película.
Necesitas ganas, constancia y aceptar que al principio vas a sentirte perdido muchas veces.
Lo que la programación cambió en mí
A día de hoy sigo formándome, sigo aprendiendo y orientando mi camino hacia áreas que me motivan especialmente, como la inteligencia artificial, la automatización y las nuevas formas de trabajar con tecnología. Siento que este mundo evoluciona muy rápido, y precisamente eso es una de las cosas que más me engancha: saber que siempre hay algo nuevo que aprender, probar y aplicar.
Pero si miro hacia atrás, lo más importante no es solo haber aprendido a programar.
Lo más importante es que la programación me cambió la forma de verme a mí mismo.
Durante años pensé que no servía para estudiar. Que ya era tarde. Que ciertas cosas eran para otro tipo de personas. Que yo venía de donde venía y tenía que conformarme con lo que había.
Y no era verdad.
Lo que me faltaba no era capacidad. Me faltaba dirección, confianza y encontrar algo que de verdad me despertara interés.
La programación me dio eso.
Me dio una salida, una motivación y una forma de construir una vida con más opciones. No me arregló la vida mágicamente, porque eso no existe, pero sí me abrió una puerta que antes ni siquiera me atrevía a mirar.
Si estás pensando en empezar
Si estás leyendo esto y te encuentras en una situación parecida, quizá trabajando en algo que no te llena, pensando que estudiar no es para ti o creyendo que ya vas tarde, te diría una cosa: no esperes a sentirte preparado del todo.
Porque probablemente ese momento no llegue nunca.
Yo también tuve miedo. También pensé que no iba a poder. También creí que informática era demasiado difícil para mí. También pensé que todos sabrían más. También me comparé. También dudé.
Pero empecé.
Y empezar fue lo que cambió todo.
No hace falta ser el más listo de la clase. No hace falta ser un friki de la informática desde pequeño. No hace falta tenerlo todo claro.
A veces basta con estar cansado de tu situación, tener un poco de curiosidad y dar el primer paso aunque te tiemblen las piernas.
Si vienes de trabajos duros, de sentir que no encajas, de pensar que no sirves para estudiar o de creer que la programación es un mundo inaccesible, quiero que sepas algo: quizá no estás tan lejos como piensas.
Quizá solo necesitas dejar de repetirte que no puedes antes de intentarlo de verdad.
Yo empecé buscando una salida.
Y por el camino encontré una pasión.