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El síndrome del impostor: cuando avanzas, pero sigues sintiendo que no es suficiente

Antes de empezar, quiero dejar algo claro: no soy psicólogo ni pretendo dar una charla técnica sobre salud mental. Esto no es una guía profesional ni un diagnóstico. Es simplemente mi experiencia.

Escribo este post porque durante mucho tiempo viví ciertas sensaciones sin saber muy bien cómo llamarlas. Dudaba de mis capacidades, minimizaba mis logros, me costaba aceptar elogios y muchas veces sentía que, tarde o temprano, alguien se daría cuenta de que yo no era tan válido como parecía.

Con el tiempo descubrí que eso tenía un nombre bastante conocido: síndrome del impostor.

Y aunque hoy se habla más de ello, creo que sigue siendo un tema bastante tabú. Mucha gente lo vive por dentro, pero por fuera intenta aparentar que lo tiene todo controlado.

Y claro, así parece que eres el único que se siente así.

Spoiler: no lo eres.

El día que descubrí que tenía nombre

Yo no descubrí el síndrome del impostor leyendo un libro de psicología ni viendo una charla motivacional. Lo descubrí porque un compañero me lo soltó en medio de una conversación.

Cuando empecé a estudiar programación, poco a poco las cosas me fueron saliendo mejor. Cada vez entendía más, sacaba mejores notas, hacía mejores prácticas y razonaba mejor los problemas.

Para el tiempo que llevaba y siendo estudiante, objetivamente estaba avanzando bastante bien.

Pero yo no lo vivía así.

Cuando alguien me felicitaba por un trabajo, ya fuera un compañero o un profesor, mi cabeza buscaba rápidamente una forma de quitarle mérito.

Si había sacado buena nota, pensaba que el examen habría sido fácil. Si una práctica me salía bien, pensaba que había tenido suerte o que me habían ayudado demasiado. Si alguien me decía que algo estaba bien hecho, yo respondía casi automático con un:

“Bueno, tampoco es para tanto.”

Hasta que un día, mi compañero Adrián me dijo textualmente:

“Tío, tú tienes el síndrome del impostor, eh.”

Y yo me quedé en plan:

“¿Qué? ¿Qué es eso?”

Él me lo explicó un poco por encima, nos reímos y la conversación se quedó ahí. Pero a mí se me quedó la frase dando vueltas en la cabeza.

Al llegar a casa busqué en Google: “síndrome del impostor”.

Y literal que me salió esto:

El síndrome del impostor es un fenómeno psicológico en el que una persona duda de sus propias capacidades, logros y éxitos, con el miedo constante de ser descubierta como un fraude, a pesar de tener pruebas evidentes de su competencia

Y cuando leí eso, me quedé bastante parado.

Porque era exactamente eso.

No era que me fuera mal. No era que no avanzara. No era que no tuviera pruebas de que estaba mejorando.

Era que, aun teniendo esas pruebas delante, me costaba creérmelas.

Y cuando algo que llevas tiempo sintiendo por dentro de repente tiene nombre, se te enciende una bombilla.

Nada de lo que consigues parece suficiente

Una de las cosas con las que más me identifiqué fue esa sensación de que nada de lo que conseguía acababa de ser suficiente.

No hablo de querer mejorar, que eso está bien. Hablo de conseguir algo y que tu cabeza, en vez de reconocerlo, empiece a buscar excusas para quitarle valor.

A mí me pasaba muchísimo.

Sacaba buena nota en un examen para el que me había preparado bastante y pensaba:

“Bueno, es que el examen era fácil.”

Entregaba una práctica que me había costado horas y, si el profesor me había ayudado en algún punto, mi cabeza ya lo resumía como:

“Claro, la he sacado porque me han ayudado.”

Cuando conseguí mi primer trabajo como programador, en vez de pensar que quizá algo habría hecho bien para que mi profesor pensara en mí, durante un tiempo lo veía como pura suerte. Como si la oportunidad hubiera caído del cielo y yo simplemente hubiera estado pasando por ahí con una bolsa del Mercadona.

Y sí, obviamente la suerte existe. Estar en el momento adecuado, conocer a la persona adecuada o que alguien piense en ti influye.

Pero también hay algo que a veces se nos olvida: para que una oportunidad llegue y alguien confíe en ti, normalmente antes has tenido que currártelo.

El problema es que mi cabeza era experta en quedarse con la parte de la suerte y olvidarse de la parte del esfuerzo.

También me pasaba con los elogios.

Cuando alguien me decía que algo estaba bien hecho, me costaba aceptarlo sin ponerle un “pero” detrás.

  • “Bueno, tampoco era para tanto.”
  • “Sí, pero podría estar mejor.”
  • “He tenido suerte.”
  • “El profesor nos lo dejó bastante guiado.”
  • “Me han ayudado.”

Siempre había una forma de rebajarlo.

Y lo curioso es que, si otro compañero hacía lo mismo, yo sí era capaz de ver su mérito. Si él sacaba buena nota, pensaba que se lo había currado. Si hacía una buena práctica, pensaba que tenía nivel. Si le recomendaban para algo, pensaba que se lo había ganado.

Pero conmigo no aplicaba la misma vara de medir.

Conmigo siempre había trampa.

La autoexigencia que te impulsa y la que te hunde

La autoexigencia tuvo una parte muy buena en mi vida. No voy a negarlo.

Gracias a exigirme más, salí de una versión de mí que iba bastante en piloto automático. Me ayudó a tener disciplina, constancia, mejores hábitos y una mentalidad mucho más enfocada.

Sentía que ya había perdido bastante tiempo y que ahora tocaba ponerse serio.

Y en parte fue así. Esa mentalidad me ayudó muchísimo.

Pero también fue un arma de doble filo.

Porque cuando quieres subir de nivel, muchas veces también sube lo que te pides. Lo que antes te parecía un logro, al cabo de un tiempo se convierte en lo mínimo aceptable.

Primero quería aprobar.

Luego ya no me servía aprobar: quería sacar buena nota.

Después sacaba buena nota, pero si no era excelente, mi cabeza encontraba la forma de estar insatisfecha.

Recuerdo exámenes donde sacaba un 9 y, en vez de irme a casa contento, me quedaba pensando en por qué no había sacado un 10.

Visto desde fuera parece absurdo. Has sacado un 9. Relájate un poco, máquina.

Pero cuando estás metido en esa dinámica, no lo ves así. Lo que ves es el fallo. Lo que falta. Lo que podrías haber hecho mejor.

Con el tiempo he entendido que exigirte no es malo. De hecho, bien llevada, la exigencia es necesaria. El problema empieza cuando confundes exigencia con no permitirte fallar nunca.

Porque ahí ya no estás buscando mejorar.

Estás castigándote por no ser perfecto.

Y eso, tarde o temprano, pesa.

El problema de comparar tu caos interno con la imagen externa de los demás

La comparación es otro clásico.

Y en programación, más todavía.

Siempre hay alguien que sabe más. Alguien que termina antes. Alguien que parece entenderlo todo a la primera. Alguien que pregunta cosas más avanzadas. Alguien que ya venía programando desde antes. Alguien que toca tres tecnologías que tú ni sabías que existían.

Y luego está internet, que tampoco ayuda.

En internet parece que todo el mundo está montando startups, usando veinte tecnologías, subiendo proyectos perfectos a GitHub y cobrando 50k al mes mientras tú estás peleándote con un error que era una coma mal puesta.

Una maravilla para la autoestima.

Yo tuve la suerte de tener compañeros muy buenos, tanto a nivel personal como a nivel de programación. Y gracias a eso aprendí muchísimo. Rodearte de gente buena te hace mejorar más rápido.

Pero no todo era positivo dentro de mi cabeza.

Porque yo veía el resultado de los demás, pero no veía sus dudas. En cambio, mis dudas me las comía enteras.

Y esa es una trampa muy habitual: comparas tu caos interno con la imagen externa de otra persona.

Tú sabes cuándo dudas, cuándo no entiendes algo, cuándo te frustras, cuándo te bloqueas y cuándo tienes miedo. Pero de los demás muchas veces solo ves lo que muestran: que entregan, que avanzan, que parecen seguros, que hablan con confianza.

Y claro, si comparas todo lo que pasa dentro de tu cabeza con lo que otra persona enseña por fuera, casi siempre vas a perder.

Con el tiempo he aprendido a verlo de otra manera.

  • Que alguien vaya más rápido no significa que tú no puedas llegar.
  • Que alguien sepa más no significa que tú no valgas.
  • Que alguien tenga más facilidad no significa que tu esfuerzo no cuente.
  • Y que alguien parezca seguro no significa que no tenga sus propias dudas.

Simplemente, no siempre las ves.

Por qué la programación es terreno perfecto para el síndrome del impostor

Creo que la programación es un terreno perfecto para que aparezca el síndrome del impostor.

Porque nunca acabas de saberlo todo.

Siempre hay una tecnología nueva, un framework nuevo, una librería nueva, una forma distinta de hacer las cosas, una arquitectura que no conoces, un error que no entiendes o alguien explicando algo en internet que te hace sentir que vas diez años tarde.

La programación tiene una habilidad especial para bajarte los humos.

Un día te sientes imparable porque has resuelto algo complicado, y al día siguiente te pasas media hora porque has escrito mal el nombre de una variable o te falta un punto y coma.

Y ahí estás tú, mirando la pantalla como si el ordenador te estuviera faltando al respeto.

Este sector hizo que esa sensación de impostor saliera todavía más, porque muchas veces pensaba que nunca iba a estar lo suficientemente preparado. Que siempre me faltaría algo. Que siempre habría alguien más técnico. Que siempre iría por detrás.

Pero con el tiempo he ido entendiendo algo importante:

En programación, no saber algo no es una excepción. Es parte del trabajo.

Buscar información no te hace menos programador.

Preguntar no te hace menos válido.

No entender algo a la primera no significa que no sirvas.

De hecho, gran parte del trabajo consiste precisamente en eso: enfrentarte a cosas que no sabes, entenderlas poco a poco y encontrar una solución.

La diferencia está en cómo interpretas esa situación.

Puedes pensar:

“No sé esto, por lo tanto no valgo.”

O puedes pensar:

“No sé esto todavía, así que toca entenderlo.”

La frase cambia poco, pero la forma de vivirlo cambia muchísimo.

La IA: nueva herramienta, nuevas dudas

Y claro, hoy en día no se puede hablar de programación sin hablar de inteligencia artificial.

Para mí, la IA es una de las herramientas más importantes que han aparecido desde que estoy en este mundo. Nos facilita muchísimo el trabajo, acelera búsquedas, ayuda a entender errores, genera ideas, explica conceptos y puede ser un apoyo brutal.

Pero también tiene su parte peligrosa.

Sobre todo si ya tienes tendencia a dudar de ti.

Con la IA me empezó a aparecer una nueva versión del síndrome del impostor. Especialmente en el trabajo.

Había tareas que antes me habrían costado mucho más y que ahora, con ayuda de ChatGPT, podía resolver de forma mucho más rápida. Eso era una ventaja enorme, pero a veces también aparecían dudas:

  • “Si me ayuda ChatGPT, ¿el mérito es mío?”
  • “¿Sin IA sabría hacerlo?”
  • “¿Estoy aprendiendo o solo resolviendo?”
  • “¿Estoy usando una herramienta o escondiendo mis carencias?”

Y creo que estas preguntas se las está haciendo mucha gente, aunque no siempre lo diga.

Yo tuve la suerte, o la desgracia, según cómo lo mires, de estudiar programación justo antes de que la IA explotara con fuerza. Me tocó buscar soluciones en foros, documentación oficial, Stack Overflow, vídeos de YouTube y páginas donde muchas veces no entendía ni la mitad de lo que estaba leyendo.

Eso me hizo pelearme mucho con el código. Me hizo perder horas, sí. Pero también me obligó a desarrollar paciencia, lógica y capacidad de buscarme la vida.

Con IA habría sido diferente. Muchas cosas que antes tardaba una hora en entender, ahora en cinco minutos las puedes tener explicadas, resumidas e incluso resueltas.

Y eso es increíble.

Pero también puede engañarte.

Porque una cosa es usar IA para aprender más rápido, entender mejor y trabajar con más eficiencia.

Y otra cosa es usarla para no pensar.

Para mí, usar IA no te convierte en un impostor. Igual que antes usar Google, Stack Overflow o preguntar a un compañero tampoco te convertía en un fraude.

La diferencia está en si entiendes lo que estás haciendo.

Si usas la IA para que te explique, te proponga caminos, te ayude a detectar errores y te obligue a razonar, es una herramienta brutal.

Si la usas para copiar, pegar y rezar para que funcione, entonces el problema no es la IA. El problema es que estás construyendo una casa sobre arena.

Y tarde o temprano, algo se cae.

La IA te puede quitar horas de atasco, pero no puede aprender por ti.

Bueno, poder puede intentarlo. Pero luego el marrón en producción te lo comes tú, no ChatGPT.

Cuando el impostor aparece fuera del código

Con el tiempo me he dado cuenta de que esta sensación no aparece solo con la programación.

A veces aparece en cualquier área donde estás intentando crecer, mejorar o convertirte en una versión nueva de ti mismo.

Me ha pasado con proyectos personales, al enseñar mi portfolio, al intentar cobrar por un trabajo, al entrenar, al compararme físicamente o al tomar decisiones importantes.

Y creo que ahí hay una clave.

Muchas veces el síndrome del impostor aparece justo donde hay crecimiento. Donde estás intentando subir de nivel, pero todavía no te sientes cómodo con esa nueva versión de ti.

No creo que sea algo que solo le pase a gente insegura o débil. De hecho, muchas veces aparece en personas exigentes, que quieren hacerlo bien, que se cuestionan y que tienen miedo de quedarse estancadas.

Yo mismo me he preguntado muchas veces:

“¿Estoy siendo mediocre?”

“¿Estoy haciendo suficiente?”

“¿Estoy actuando como la persona que quiero ser?”

Hasta que un día alguien me dijo una frase que se me quedó bastante marcada:

“Las personas mediocres no suelen preguntarse si lo son.”

Y ojo, esto no significa que por cuestionarte ya seas especial ni que tengas la vida resuelta. Tampoco hace falta venirse arriba y creerse Elon Musk por hacerse cuatro preguntas internas.

Pero sí creo que hay algo de verdad en esa frase.

Si te cuestionas, si intentas mejorar, si te preocupa hacerlo bien y si te incomoda quedarte estancado, probablemente no estás tan perdido como a veces crees.

Lo importante es que esa autoevaluación te empuje a mejorar, no que se convierta en una losa encima de la cabeza.

Porque una cosa es tener ambición y otra muy distinta es vivir dándote palos todo el día.

Lo que me ha ayudado a convivir con él

No voy a decir que he eliminado el síndrome del impostor para siempre, porque sería mentira.

A día de hoy todavía aparece de vez en cuando. La diferencia es que ahora lo reconozco antes. Ya no me creo todo lo que me dice esa voz.

Y eso ya cambia bastante.

Me ha ayudado el tiempo, trabajar, equivocarme, resolver problemas y comprobar que muchas veces era más capaz de lo que pensaba.

También me ha ayudado hacer trabajo interior: leer sobre cómo funciona la mente, entender mis patrones y, en mi caso, ir al psicólogo para ordenar ciertas cosas. No porque estuviera roto, sino porque a veces viene bien que alguien te ayude a entender por qué piensas como piensas.

Otra cosa importante ha sido mirar atrás con honestidad.

No solo mirar lo que me falta, que eso lo hacemos muy fácil, sino mirar lo que antes no sabía hacer y ahora sí.

Antes había cosas que me parecían imposibles y ahora forman parte de mi día a día. Antes ciertos errores me bloqueaban durante horas y ahora los afronto con mucha más calma. Antes había proyectos que veía enormes y ahora sé dividirlos, entenderlos y empezar por partes.

También ayuda guardar pruebas reales: proyectos, notas, trabajos, prácticas, problemas resueltos, mensajes buenos, avances. No para vivir de los aplausos, sino para tener algo objetivo cuando tu cabeza intenta convencerte de que no has avanzado nada.

Y algo clave: preguntar antes de bloquearme durante demasiado tiempo.

Esto me ha costado, porque durante mucho tiempo asociaba preguntar con no saber. Y sí, preguntar muchas veces significa que no sabes algo. Pero eso no es malo. Lo malo es quedarte tres días dando vueltas por orgullo, miedo o vergüenza.

Pedir ayuda no te hace menos válido.

Te hace más eficiente.

Otra cosa que me ha servido mucho es separar dos frases que parecen parecidas, pero no tienen nada que ver:

“No sé esto.”

“No sirvo para esto.”

La primera es normal.

La segunda es una sentencia injusta.

No saber algo forma parte de aprender. No saber algo no define tu capacidad, define tu punto actual.

Y por último, me ha ayudado aceptar que la duda forma parte del sector y de la vida.

Programar no va de saberlo todo. Va de aprender a moverte cuando no lo sabes. Va de buscar, probar, preguntar, equivocarte, entender y volver a intentarlo.

No siempre vas a sentirte preparado antes de hacer algo importante. Muchas veces la confianza aparece después de empezar, no antes.

Una faena, porque estaría muy bien que viniera instalada de serie, pero no suele funcionar así.

Para quien esté sintiéndose así ahora mismo

Si estás empezando a programar, estudiando DAM, DAW, trabajando como junior o metiéndote en cualquier cosa nueva y sientes que todos saben más que tú, te entiendo.

No voy a decirte que esa sensación desaparece de un día para otro. En mi caso, al menos, no ha funcionado así.

Pero sí te puedo decir algo que con el tiempo he ido entendiendo:

Sentirte impostor no significa que lo seas.

A veces solo significa que estás intentando hacer algo que todavía no dominas. Que estás saliendo de tu zona cómoda. Que te importa hacerlo bien. Que estás creciendo más rápido de lo que tu cabeza es capaz de aceptar.

No conviertas cada duda en una prueba contra ti.

No conviertas cada error en una sentencia.

No conviertas cada persona que sabe más que tú en una excusa para sentirte menos.

Siempre habrá alguien mejor. Siempre habrá alguien más rápido. Siempre habrá alguien que sepa más de una tecnología concreta. Eso no invalida tu camino.

Tú céntrate en avanzar, aprender y ser honesto contigo mismo.

Si no sabes algo, dilo.

Si necesitas ayuda, pídela.

Si consigues algo, permítete reconocerlo aunque no sea perfecto.

Y si un día no entiendes nada y piensas que eres un fraude, respira.

Igual no eres un impostor.
Igual solo estás aprendiendo programación, que ya tiene bastante delito.

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